Demasiado para mí. Yo no fui menos bueno. No tanto como tú. Me engañé al pensar que no podría dejar de pensarte. Me engañé por mi bien, y salió mal.
No terminé todas las sonrisas que me prometí, y me quedé corto con la docena y media que me pedías. Sólo para antes de dormir. Reciclé todo mi poemario, cambiándoles tu nombre, y las fundas de mis libros para envolverme de otra. Hice viajes a lugares recónditos, con la distancia justa que me separara de ti... ni bus, ni tren… sólo avión y barco, de papel, con historias interminables sobre las mentiras que sentí y que no fui capaz de decir.
Acumulo circunstancias, todas atenuantes, si las cuento de corazón. Agravantes si testificas en mi contra y cuentas lo malo que fui por ser tan bueno contigo, y marcharme sin decirte adiós. Pero eso da igual. No me hagas juicios de valor, porque mi valor decreció en el mercado de tus pieles. Me mantengo económicamente sumergido en pieles ajenas, de jóvenes de papás pudientes, inundando de Möet&Chandon las esferas de mi TAG Heuer. Y todo porque usaba entre mis escritos, sin saberlo, algunas de sus firmas. Me convertí, gracias a ti, en usufructuario de las mismas. Vagabundeo en su abundancia a cambio de caricias y saber estar, y algunas mentiras sobre mí y el libro que estoy terminando. Me hará rico, me dice.
Y, por todo ello, y mucho más, merezco infinita soledad y que todo lo que me unía a ti se vuelva vana metafísica.
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viernes, febrero 04, 2011
miércoles, mayo 12, 2010
Enigmática disyuntiva
Las veces que he pensado en ir a por ti.
Las mismas que has soñado que despertabas a mi lado.
Pero algo nubla mis sentidos, ¿pueden ser los tuyos?
Puede ser la niebla, pero es el miedo.
Mi boca está sellada... mis ojos sordos, los dos.
¿Qué hacer si te tengo delante?
Lo de tus manos o mis manos es cuestión de trazos o abrazos.
Sostenerlas es obligación, acariciarlas... eso es otra canción,
eso es otra canción (de amor),
de las que gustan, de las de Quique o Carlos.
Y es que, aun sabiendo lo que importa,
los besos de reojo o las miradas con cara de ceder,
las sonrisas que quisieras evitar o el verde brillo reflejo en mi ser...
aun sabiendo los que importa, lo demás,
todo lo demás siempre ha sido un acierto...
otra canción es eso de... si tú me quieres o si yo te quisiera...
eso es otra canción de las que gustan,
de las de Andrés o Iván.
Y es que lo que importa son los aciertos, los buenos o los malos.
Acabas colocando a cada lado de la raya,
las canciones buenas o las malas,
y los aciertos bajo la almohada.
Luego, tú sonríes justo antes de soñarme...
y son las mañanas en las que justo después de levantarte,
vuelves a hacerlo, como cada noche,
sin llegar a aclarar tu disyuntiva para amar.
Siempre estoy aquí, al lado de donde duele.
A veces, delante de ti esperando que seas tú la que grite...
la que dibuje sus sueños en mi espalda
y, tras los polvos mágicos, se hagan realidad.
En serio, estoy aquí. Esperando tu salto mortal,
o no.
o no.
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viernes, noviembre 13, 2009
de amargo corazón
Y siempre que volvía, volvía más dulce si cabía, y aunque nunca se fue del todo… siempre era bueno saborear su dulzura.
En su ausencia, otros sabores se mezclaban conscientemente en su boca. Era indudable e inevitable, no podía ser de otra forma… noctámbulo comparaba sabores que le saciaran, aromas siempre subjetivos y de un gusto no compartido por otros comensales.
Sibarita y de gustos controvertidos y epicúreos... No buscaba matar el hambre, aunque se convertía, en muchas ocasiones, en el primer y más importante fin. Ante todo, platos delicados en su estética, de belleza extrema que envuelva y no desvele, a simple vista, su posterior estallido de sabor. Era importante que fuera un plato estudiado. Creativo pero con base empírica en sus formas, matices y aromas.
Y siempre que volvía, volvía más dulce si cabía… reformada y decorada de forma muy personal, como ella misma. Uno de los intereses más actuales es la fusión de sabores sin caer en lo cotidiano. El dulce y lo salado ya no es novedoso. Una galleta resume este tipo de combinaciones. Donde ella es dulce y él salado, la insípida relación, la galleta. Pocas chicas, de fondo realmente dulce, buscan a príncipes salados, no obstante las hay que desean combinarse con juglares de noche y risa fácil, sabores que desaparecen al día siguiente.
Ellos, pocas veces coincidían… salvo en platos muy pensados y de alta cocina combinar su dulzura con su sabor era todo un atrevimiento. Sólo apta para paladares muy exigentes. Y siempre que volvía, volvía más dulce si cabía… él, mientras seguía de amargo corazón, esperándola siempre para cenar, para combinarse, fusionarse, para mezclarse y dejarle buen sabor de boca.
En su ausencia, otros sabores se mezclaban conscientemente en su boca. Era indudable e inevitable, no podía ser de otra forma… noctámbulo comparaba sabores que le saciaran, aromas siempre subjetivos y de un gusto no compartido por otros comensales.
Sibarita y de gustos controvertidos y epicúreos... No buscaba matar el hambre, aunque se convertía, en muchas ocasiones, en el primer y más importante fin. Ante todo, platos delicados en su estética, de belleza extrema que envuelva y no desvele, a simple vista, su posterior estallido de sabor. Era importante que fuera un plato estudiado. Creativo pero con base empírica en sus formas, matices y aromas.
Y siempre que volvía, volvía más dulce si cabía… reformada y decorada de forma muy personal, como ella misma. Uno de los intereses más actuales es la fusión de sabores sin caer en lo cotidiano. El dulce y lo salado ya no es novedoso. Una galleta resume este tipo de combinaciones. Donde ella es dulce y él salado, la insípida relación, la galleta. Pocas chicas, de fondo realmente dulce, buscan a príncipes salados, no obstante las hay que desean combinarse con juglares de noche y risa fácil, sabores que desaparecen al día siguiente.
Ellos, pocas veces coincidían… salvo en platos muy pensados y de alta cocina combinar su dulzura con su sabor era todo un atrevimiento. Sólo apta para paladares muy exigentes. Y siempre que volvía, volvía más dulce si cabía… él, mientras seguía de amargo corazón, esperándola siempre para cenar, para combinarse, fusionarse, para mezclarse y dejarle buen sabor de boca.
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jueves, agosto 13, 2009
NUMB3RS
Como las primeras veces, aquellas en las que me leía en tus letras.
Parafraseando cada uno de tus párrafos, reinventándome para ti en cada palabra. Como las veces que nos hemos visto, estudiando la forma concreta en que padeces y sientes mis miradas y mis sonrisas. Tus estados corporales definidos en mi diccionario de lo irracional y lo emocional. Diccionario que prestaré gustoso al Elegido. Al nuevo protagonista, al que rompa la unión de nuestras mentes encriptadas, y tu corazón.
Es cierto, los números nos persiguen, la vida está llena de ellos, no podemos concebirla sin los dígitos que representan y determinan encuentros rara vez azarosos. Yo, que soy un chico de letras, tengo que ayudarme con la calculadora para dar lógica humanista a los números que nos rodean y que me muestras... a las cifras que calculan nuestros momentos y sentimientos, y que tú me transmites para que acierte en resolver cuántas veces he sido yo para ti... acaso aquella que te despertó un escalofrío inverosímil, o la que hace que tus mejillas hiervan.
Un día llegará,... siempre llega ese día.
Cuando ocurra tendrás la mayor y más acertada excusa que interponerte(nos).
Y te servirá para no quererme más, para no volver a escribir sobre mí.
El día que eso suceda, yo... dejaré de existir.
Parafraseando cada uno de tus párrafos, reinventándome para ti en cada palabra. Como las veces que nos hemos visto, estudiando la forma concreta en que padeces y sientes mis miradas y mis sonrisas. Tus estados corporales definidos en mi diccionario de lo irracional y lo emocional. Diccionario que prestaré gustoso al Elegido. Al nuevo protagonista, al que rompa la unión de nuestras mentes encriptadas, y tu corazón.
Es cierto, los números nos persiguen, la vida está llena de ellos, no podemos concebirla sin los dígitos que representan y determinan encuentros rara vez azarosos. Yo, que soy un chico de letras, tengo que ayudarme con la calculadora para dar lógica humanista a los números que nos rodean y que me muestras... a las cifras que calculan nuestros momentos y sentimientos, y que tú me transmites para que acierte en resolver cuántas veces he sido yo para ti... acaso aquella que te despertó un escalofrío inverosímil, o la que hace que tus mejillas hiervan.
Un día llegará,... siempre llega ese día.
Cuando ocurra tendrás la mayor y más acertada excusa que interponerte(nos).
Y te servirá para no quererme más, para no volver a escribir sobre mí.
El día que eso suceda, yo... dejaré de existir.
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jueves, julio 16, 2009
Versiones y adaptaciones (¿acaso lo soy yo?)
Me encanta lo que escribes, lo que dices, lo que sientes y lo que transmites... por momentos, me introduzco en ese pequeño mundo que creas para hacerlo un poco más mío... intento conocer cada instante de tu vida, siendo consciente de que en un punto determinado puedo encontrarme con una realidad sentida que poco tiene que ver con la realidad... porque a veces, la vida es un sueño, ¿no?
Y dices: piénsalo mejor...
¿Acaso ya no lo he pensado?,
¿Crees que no he aclarado y encajado cada concepto en mi mente?
como si no supiera que desnudarme fue un error y tu sinceridad mi derrota.
Intento recordar si te busqué o fue casualidad... tal vez pueda ser casualidad sentir la necesidad de buscarte... ¿ves? parece que intentara sorprenderte... tal vez lo intento, pero quizás mi genialidad no es tan pasmosa como quisiera... tal vez solo soy uno más que se cruzó en tu vida en un mal momento, un chico que nada tiene de especial, simplemente... y será como en un cuento en el que cada uno escribe su final.
A veces me haces sentir hormiga, pero sigo siendo ese gran chico que conociste un día... ese que no te arrancó un suspiro pero si una sonrisa, una inquietud y un querer conocer. Ese que nunca será tu príncipe, ni tu deseo, ni tampoco tu enfermedad pero que podría ser tu amigo, aquel que nunca creías poder conocer en el Galileo, y con el que nunca harás un descanso para fumar un cigarrillo... Hay momentos en los que pienso más de la cuenta y no sé por qué será. Tú sabrás. Además, ¿que más da?
Y me preguntas si he estado con una mujer más inteligente que yo, ¿acaso lo soy yo?
Y dices: piénsalo mejor...
¿Acaso ya no lo he pensado?,
¿Crees que no he aclarado y encajado cada concepto en mi mente?
como si no supiera que desnudarme fue un error y tu sinceridad mi derrota.
Intento recordar si te busqué o fue casualidad... tal vez pueda ser casualidad sentir la necesidad de buscarte... ¿ves? parece que intentara sorprenderte... tal vez lo intento, pero quizás mi genialidad no es tan pasmosa como quisiera... tal vez solo soy uno más que se cruzó en tu vida en un mal momento, un chico que nada tiene de especial, simplemente... y será como en un cuento en el que cada uno escribe su final.
A veces me haces sentir hormiga, pero sigo siendo ese gran chico que conociste un día... ese que no te arrancó un suspiro pero si una sonrisa, una inquietud y un querer conocer. Ese que nunca será tu príncipe, ni tu deseo, ni tampoco tu enfermedad pero que podría ser tu amigo, aquel que nunca creías poder conocer en el Galileo, y con el que nunca harás un descanso para fumar un cigarrillo... Hay momentos en los que pienso más de la cuenta y no sé por qué será. Tú sabrás. Además, ¿que más da?
Y me preguntas si he estado con una mujer más inteligente que yo, ¿acaso lo soy yo?
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sábado, julio 04, 2009
Ni lo dudes...
"No quiero pensar en Madrid, ni en su reloj"...
no quiero pensar que me piensas,
y mucho menos pensar que me esperas.
Que tu sexo me espera, a mí, un lunes,
para mí, toda la semana. Siempre en mí es ahí.
Montado en ese bus que me lleva hasta ti,
para que seas montada. En tus tacones, en mi espalda.
Correr y parar, para besarnos y correr(nos).
Montado en el metro, en las escaleras mecánicas
y meterte mano bajo la gabardina y sentir tu espalda,
porque debajo no llevas nada.
Los vestidos son para las citas indecentes
y esto es de todo, menos una cita.
Montado en tu sofá, y tú en mí.
En lo alto de tu catre, desde las alturas, y yo en ti.
Rasurar a vista de pájaro, desde el precipicio,
a ras de tu sexo, con la avidez de la caída libre...
para besarlo, olfatearlo, abrazarlo...
para tenerlo y retenerlo. Que sea mío y de nadie más.
Para hacerte aquello que nunca te hice
y por lo que preguntabas a la hora de las "comidas".
no quiero pensar que me piensas,
y mucho menos pensar que me esperas.
Que tu sexo me espera, a mí, un lunes,
para mí, toda la semana. Siempre en mí es ahí.
Montado en ese bus que me lleva hasta ti,
para que seas montada. En tus tacones, en mi espalda.
Correr y parar, para besarnos y correr(nos).
Montado en el metro, en las escaleras mecánicas
y meterte mano bajo la gabardina y sentir tu espalda,
porque debajo no llevas nada.
Los vestidos son para las citas indecentes
y esto es de todo, menos una cita.
Montado en tu sofá, y tú en mí.
En lo alto de tu catre, desde las alturas, y yo en ti.
Rasurar a vista de pájaro, desde el precipicio,
a ras de tu sexo, con la avidez de la caída libre...
para besarlo, olfatearlo, abrazarlo...
para tenerlo y retenerlo. Que sea mío y de nadie más.
Para hacerte aquello que nunca te hice
y por lo que preguntabas a la hora de las "comidas".
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miércoles, abril 29, 2009
Porque sí.
canalla_buixo dijo en 13/10/07
Vamos a aclarar conceptos. Uno a uno.
Vamos a desmenuzar la idea que tienes de mí.
Voy a desnudarme entera. Y así, desnuda,
vas a ver cuánto soy y lo que tengo,
lo que puedo ofrecerte y no quiero darte.
Voy a comenzar a no mentirte, a no engañarme.
Un día de estos, voy a desnudarme.
**
juantonioo dijo en 7/07/08
Yo me desnudé en su día, dejé de engañarme.
Sabías cuánto era, lo que tenía,
lo que pude ofrecerte y no quisiste que te diera.
No me salen vocablos con los que desnudarme,...
no quiero mentirte, no quiero engañarte/me.
Y no tengo claro ningún concepto
Vamos a aclarar conceptos. Uno a uno.
Vamos a desmenuzar la idea que tienes de mí.
Voy a desnudarme entera. Y así, desnuda,
vas a ver cuánto soy y lo que tengo,
lo que puedo ofrecerte y no quiero darte.
Voy a comenzar a no mentirte, a no engañarme.
Un día de estos, voy a desnudarme.
**
juantonioo dijo en 7/07/08
Yo me desnudé en su día, dejé de engañarme.
Sabías cuánto era, lo que tenía,
lo que pude ofrecerte y no quisiste que te diera.
No me salen vocablos con los que desnudarme,...
no quiero mentirte, no quiero engañarte/me.
Y no tengo claro ningún concepto
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lunes, abril 27, 2009
¡Ehh tú!
No he buscado a nadie,
llevo días buscándome yo...
No quiero pensar en Madrid,
ni en su reloj...
Duermo por las tardes,
por las noches reinvento su voz.
En las sombras me veo al revés,
en los libros me encuentro mejor.
¡Ehh tú! estatua de sal,
prepara tu salto mortal...
Hoy no te puedo calmar,
pequeño desastre animal.
(...)
llevo días buscándome yo...
No quiero pensar en Madrid,
ni en su reloj...
Duermo por las tardes,
por las noches reinvento su voz.
En las sombras me veo al revés,
en los libros me encuentro mejor.
¡Ehh tú! estatua de sal,
prepara tu salto mortal...
Hoy no te puedo calmar,
pequeño desastre animal.
(...)
Pequeño desastre animal. 00:03.33 h. Vestusta Morla. Un día en el mundo
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martes, marzo 03, 2009
chatarra
Se acumulaba la chatarra. La tarde que te cogí el teléfono. Aquella madrugada. En todas las vueltas de coche dadas. Se acumulaba la chatarra. El día que me abriste tu balcón. Se acumulaba tras las cajas. En tu peculiar salón. En las paredes. Sobre una mesa abarrotada, ahí se acumulaba. Entre libros y discos. Con la publicidad, las facturas y las cartas. Se acumulaba la chatarra en el objetivo de tu cámara. En tu registro de llamadas, en las realizadas. Se acumulaba sin decirnos nada. En el contestador, en la nevera, en el espacio donde está ahora la mampara. Se acumulaba la chatarra en las esquinas de aquel inoportuno escalón, se acumulaba en la escalera, en la baranda. Entre las sábanas. Se acumulaba en la mesita de noche. Perdida en la Moleskine, junto a la palmatoria. En el hueco entre el cristal y la cama. Ahí se acumulaba, cada mañana cuando veía que llegabas. Se acumulaba en el bloc de notas, en tus archivos de ordenador, en las canciones de Quique, de Iván, de Dani, de Luís, de Carlos... en el mp3, en el interior de tus cascos. Se te acumulaba en el bus de camino al trabajo. Se acumulaba en las miradas. En tus inesperados abrazos. Se acumulaba la chatarra a los pies de semáforos, en carreras por las calles, entre los coches aparcados. En el Espejo café, se reflejaba. En el Wagaboo* se nos olvidaba. En el Hard Rock Café, ahí ya se acumulaba. En la vías del metro. En las cercanías del Cercanías. Y en la lejanía. En la Gran Vía, en Callao, en Chueca, en el Retiro,… en el Km. cero y en los seiscientos veintiocho coma cinco recorridos.
Ahora guardo bien en mi memoria desguazada
aquellos recuerdos de una vida ya pasada,
de otro tiempo que fue mejor...
y que ahora ya es chatarra.
Y podría seguir acumulada...
Ahora guardo bien en mi memoria desguazada
aquellos recuerdos de una vida ya pasada,
de otro tiempo que fue mejor...
y que ahora ya es chatarra.
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viernes, diciembre 12, 2008
Esquemas
He parado por casa algunas pocas horas como si pernoctara tras días buscándome perdido en salas de estudio y bibliotecas públicas. Puedo pasar más de 48 horas sin oler la mezcla del vapor de agua con mi enjuague bucal. Abro siempre la nevera buscando algo que sé que no habrá. Soy yo y mis antojos de ti. No recuerdo haber fregado nunca nada en casa de mis padres, pero no he olvidado aquella vez que te fregué las copas tras la cerveza y los cubiertos de redonda cabeza. Del pomo de la puerta de mi armario cuelgan unos jeans MD, y diferentes cada vez. Tengo mi única polaroid (tuyademí) entre billetes de ida hasta ti, tickets de 10 viajes en metro y nuestras pics del fotomatón. Espinete no existe. Acumulo temario, unidades, programaciones, actividades, mapas, materiales y apuntes específicos de temas dados por sabido... con la maldita intención de tener excusas "con" peso para no hacer nada que afecte a la constante y monótona rutina de mi diaria vida cotidiana.
Si fuera, recogerías todo y lo esconderías debajo de tu cama, justo sobre el escalón que da a tu cocina, tras el saquito de semillas que calientas en el microondas, y luego mis pies.
Hoy aprendí algo que ya sabía: un esquema es un marco que permite comprender la realidad a la que se aplica, se agrupan formando estructuras que van modificándose a lo largo del desarrollo.
Rompería esquemas y tu alma escondida quebraría... ¿imaginas toda la casa llena de esas semillas?
Caliéntame un ratito el corazón, y luego mis pies.
Si fuera, recogerías todo y lo esconderías debajo de tu cama, justo sobre el escalón que da a tu cocina, tras el saquito de semillas que calientas en el microondas, y luego mis pies.
Hoy aprendí algo que ya sabía: un esquema es un marco que permite comprender la realidad a la que se aplica, se agrupan formando estructuras que van modificándose a lo largo del desarrollo.
Rompería esquemas y tu alma escondida quebraría... ¿imaginas toda la casa llena de esas semillas?
Caliéntame un ratito el corazón, y luego mis pies.
En su contexto originial
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jueves, noviembre 20, 2008
Lo visceral
Siempre fui un inconsciente, siempre. Nunca acabo de secarme.
En una habitación siempre me dejaba ganar en esas peleas contra frascos miniatura de perfumes caros. Porque sólo eran eso, perfumes caros.
En un colchón deshago pensamientos y anudo palabras, las encadeno y te vuelvo loca a base de miradas, también encriptadas.
En la ventana me pierdo. Mi silueta es sólo eso, una silueta que abrazas manchando con tus huellas dactilares el cristal que nos separa.
En el espejo del baño se reflejan mis ojos y, en ellos, me veo reflejado. Los cierro y en mi mente te reflejas tú, en el espejo del baño, dibujando formas imposibles que sólo yo sé interpretar.
En el armario siempre me falta espacio para perderme buscando tus ganas de mí. Y temo cansarme si no me encuentras tú primero.
Detrás de la puerta arrastro la basura con el pie derecho, es la puerta que está junto a bambalinas. Y no me da vergüenza decirte que ahora eres protagonista.
He visto como mi boca jugaba al escondite con la tuya. Me aburrí de contar hasta 100. Tu boca se escondió, otras tantas veces, detrás de la puerta donde colocaste tus vergüenzas.
Nuestros ojos, celosos, no saben que tienen sus momentos y que pierden el tiempo viendo como nuestras bocas juegan al escondite... y nunca se encuentran.
Y nuestras manos se han sentido inútiles por esta vez... sólo por esta vez...
En una habitación siempre me dejaba ganar en esas peleas contra frascos miniatura de perfumes caros. Porque sólo eran eso, perfumes caros.
En un colchón deshago pensamientos y anudo palabras, las encadeno y te vuelvo loca a base de miradas, también encriptadas.
En la ventana me pierdo. Mi silueta es sólo eso, una silueta que abrazas manchando con tus huellas dactilares el cristal que nos separa.
En el espejo del baño se reflejan mis ojos y, en ellos, me veo reflejado. Los cierro y en mi mente te reflejas tú, en el espejo del baño, dibujando formas imposibles que sólo yo sé interpretar.
En el armario siempre me falta espacio para perderme buscando tus ganas de mí. Y temo cansarme si no me encuentras tú primero.
Detrás de la puerta arrastro la basura con el pie derecho, es la puerta que está junto a bambalinas. Y no me da vergüenza decirte que ahora eres protagonista.
He visto como mi boca jugaba al escondite con la tuya. Me aburrí de contar hasta 100. Tu boca se escondió, otras tantas veces, detrás de la puerta donde colocaste tus vergüenzas.
Nuestros ojos, celosos, no saben que tienen sus momentos y que pierden el tiempo viendo como nuestras bocas juegan al escondite... y nunca se encuentran.
Y nuestras manos se han sentido inútiles por esta vez... sólo por esta vez...
... a ti.
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domingo, octubre 19, 2008
Buscando la sombra
Certeza equívoca. Celos censurados por mirar a otro lado. Dos rombos cuadriculados. El envoltorio es de papel de fumar y yo no fumo. No creo en la festividad de Jesús, ni en él.
[ ¿oportunidad? ] ... todo el mundo merece una última, ¿no?
Tu color. El menos claro, y el otro. El de la esperanza. El de encender, el de llamada. El de la lechuga y las espinacas. El del dinero que compra la botella, el de ella, para acabar con bata de cirujano, el de hipocondríaco, borracho de hospital. El de mis ojos reflejados en el de tus ojos. Tus ojos. Verdes.
Rey sin corona. Peón de albañil que se ríe de mí. Problema sin solución, problema resuelto. Y si no tengo solución... con esa frase me quito el sombrero y te bajo el telón. Sí, señor. Curiosa tarjeta de presentación.
En la esquina inferior derecha puede leerse un nombre de mujer, (pero a mí sí) aunque esto no es lo prometido, no. No tiene nada que ver, ni yo veo nada claro.
[ ¿oportunidad? ] ... todo el mundo merece una última, ¿no?
Tu color. El menos claro, y el otro. El de la esperanza. El de encender, el de llamada. El de la lechuga y las espinacas. El del dinero que compra la botella, el de ella, para acabar con bata de cirujano, el de hipocondríaco, borracho de hospital. El de mis ojos reflejados en el de tus ojos. Tus ojos. Verdes.
Rey sin corona. Peón de albañil que se ríe de mí. Problema sin solución, problema resuelto. Y si no tengo solución... con esa frase me quito el sombrero y te bajo el telón. Sí, señor. Curiosa tarjeta de presentación.
En la esquina inferior derecha puede leerse un nombre de mujer, (pero a mí sí) aunque esto no es lo prometido, no. No tiene nada que ver, ni yo veo nada claro.
En su contexto original... como ella.
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martes, septiembre 23, 2008
¡Qué más da!
Has dicho tanto, que no has dicho nada.
Declaración de intenciones malintencionadas,
declaraciones no justificadas,
justificaciones jamás declaradas.
Parece que no hubo intención.
¡Joder!
Y vuelvo a leer(te) y parece que no pasó el tiempo.
A pesar del silencio. Dulce o salado,
da igual si nos hemos acostumbrado.
Y si te da miedo dejar de sentir esto,
camina y déjate caer,
de espaldas o de frente,
que más da si la tentación sigue vigente.
Declaración de intenciones malintencionadas,
declaraciones no justificadas,
justificaciones jamás declaradas.
Parece que no hubo intención.
¡Joder!
Y vuelvo a leer(te) y parece que no pasó el tiempo.
A pesar del silencio. Dulce o salado,
da igual si nos hemos acostumbrado.
Y si te da miedo dejar de sentir esto,
camina y déjate caer,
de espaldas o de frente,
que más da si la tentación sigue vigente.
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viernes, septiembre 05, 2008
A mi amada farisea...
Sé que no debí haber escrito aquellas palabras. Estaban envenenadas. Por eso las escribí. Sé que lo que dije te ofendería. Por eso lo dije. Sé que nunca debí besarte pero entonces era lo que quería. Por eso lo hice. Sé que debería haberte llamado, mensajeado. Por eso no lo hice... porque sabía que debía hacerlo.
Y es así, todo lo hice porque sabía que no debía hacerlo.
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lunes, septiembre 01, 2008
A tiempo...
Cuando aún era posible aquella cita tenía pensado que ponerse. Se imaginó enchaquetado de Caramelo. Americana ajustada perfectamente en los hombros y con una caída que distara siempre algo más de un palmo de sus rodillas. Camisa sin botones a medida, de artesanos. En ella, sus iniciales grabadas para que nunca se olvidase de él. Corbata, signo de elegancia. Nudo Windsor, la ocasión lo hubiera requerido. Dicen que cualquier hombre con un mínimo de vida social debería tener en su vestuario alguna corbata. Él tenía muchas corbatas. Mocasín YSL, el British Style que a ella le gusta en él. Cómodo, como en su casa.
Pasó la leve llovizna en aquel café de espejos y ventanas. A pesar de la porción de tarta no fue un momento dulce. Sin saberlo, uno de sus relojes se paró.
Ella nunca le vio coger ese bus. Él permaneció en la capital sin que ella lo supiera nunca. Desde el ventanal observaba los semáforos, los maldecía en aquella habitación de hotel, justo detrás de la calle de su caja de zapatos. También la observa a ella, ansiosa con el celular en la mano, vestida para la ocasión. Otra vez.
Sobre la cama doble su ropa extendida, planchada, lista, preparada para la re-conquista y si no, abandonada a la concupiscencia que ella y su imaginación le despertaba.
En su muñeca derecha el tiempo no había pasado en el watch que marcaba las horas que pasaba sin ella. Se había quedado parado. El tiempo no pasó. Cuando volvió a funcionar era la hora de enamorarla de nuevo. Aún estaba a tiempo.
Pasó la leve llovizna en aquel café de espejos y ventanas. A pesar de la porción de tarta no fue un momento dulce. Sin saberlo, uno de sus relojes se paró.
Ella nunca le vio coger ese bus. Él permaneció en la capital sin que ella lo supiera nunca. Desde el ventanal observaba los semáforos, los maldecía en aquella habitación de hotel, justo detrás de la calle de su caja de zapatos. También la observa a ella, ansiosa con el celular en la mano, vestida para la ocasión. Otra vez.
Sobre la cama doble su ropa extendida, planchada, lista, preparada para la re-conquista y si no, abandonada a la concupiscencia que ella y su imaginación le despertaba.
En su muñeca derecha el tiempo no había pasado en el watch que marcaba las horas que pasaba sin ella. Se había quedado parado. El tiempo no pasó. Cuando volvió a funcionar era la hora de enamorarla de nuevo. Aún estaba a tiempo.
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sábado, agosto 02, 2008
Sacado de contexto (fol. 5)
Tu poesía
Tu poesía no rima
si sólo eres tú.
A veces rima
cuando somos tú y yo.
Tu poesía sin ti no es nada,
es un manantial sin agua.
Y sin mí es menos
como un niño con miedo.
Tu poesía no entiende de idiomas
que adulteren las palabras.
Sólo la entienden los que aman.
Tu poesía ya me tocó el corazón,
no sabe si quiere tenerme,
si rozarme, y mucho menos si amarme
Tu poesía sólo quiere ENAMORARME...
18 de Marzo de 2008 16:46 h
Hoja en blanco, otra vez...
Fuiste hoja en blanco sobre la que poder escribir mi siguiente historia. Sí, otra de desamor. Otra en la que rompo otro corazón. Fuiste una hoja en blanco perfecta, el bolí no pintaba pero tú quedaste marcada...
Otra vez se iba. Y otra vez se paraba a las siete de la mañana en el mismo semáforo para la vuelta a casa. Y otra vez pensaba:
- Otra vez sin besarla. ¡joder!
Así no va a querer saber de mí, se creara un concepto que no es. Pensara que soy gilipollas o algo así. Que voy de listillo, de intelectual... y no se da cuenta que sólo son gafas de miope, nada más.
8 de Abril de 2008 5:16 h.
huellas encasilladas
Huella sobre huella,
Huellas descontextualizadas,
Huellas en verso
lunes, junio 23, 2008
Literatura paranoica y el cielo morado, como su pañuelo.
Y hablábamos del miedo que no del tiempo. Y yo ahora hablo del tiempo de crono que no el atmosférico. El tiempo que pasa, que pasamos, que se nos pasa… el arroz dicen por ahí. Yo tengo la paella pensada, preparada, lista, en su punto. La tengo pa’ ella. Y no lo sabe. O sí. No, no creo que lo sepa porque ni yo mismo lo sé. No quiero saberlo. El caso, si hay caso, es que cada cierto tiempo, ese que pasa, me da un motivo para plantearme cosas, o algún que. Me da respuestas a preguntas que no formulé. Me da cuestiones a responder de preguntas que yo inventé. La chica del pañuelo lila. No es una canción ni mi próximo escrito para el blog. Ella es alguien, como no. Es un quien. Que según donde se sitúe, si en mi cabeza o si en la luna, puede parecer un que. No es su que. No puede serlo. Ya quisieran los expertos. Los entendidos, los que no tienen ni idea de lo que sentimos.
Y se me da bien escribir, o al menos eso hago durante mi insólito discurrir. A veces, entendible o, como ella diría, evidente. Ella no lo quiso en su escrito. No lo imaginaba. No sabe de que hablo cuando la pienso. Mucho menos sabe que la pienso. No lo sabe aunque ahora pueda, que no quiera, saberlo o mejor creerlo porque nunca lo sabrá. Es un secreto. Confesable, a voces silenciosas tras el pulsar de teclas con la intención de mis letras. Sus letras. Que no lee ni piensa. Para que se las crea. Y aparecen en una ventana. Donde no llega el sol, si acaso la luna. Pero no lo sabe. Porque a ella la tengo en mi ventana como imagen. Para que no me olvide de con quien hablo cuando nunca la veo. Porque se hace quien cuando hablo de un que.
Callado. Misterioso. En la duda quizás temeroso. Aunque no le tengo miedo más que al que ella pudiera sentir. Porque la estimo más que miento. Y miento mucho. Más que escribo. Pero nunca se lo digo. No lo pienso aunque ahora lo escribo, no miento pero tampoco se lo digo.
Escondido. Reservado. Para ti. Un hueco en mi cabeza. Hueca. Como los secretos que no se cuentan porque son secretos. Secretos que cuelgan de una cuerda que espera que él tire. Y cuando lo haga lo sabrá. Y yo con ella. Me lo contará. Dejará de ser secreto. Inconfesable como (su) amor. Inexplicable, incoherente, contraproducente. Sin querer. Distantes, como yo. Como ella. Como los dos. Como su luna y el sol. Dijo algo del viento pero ya saben que las palabras…
Y empecé hablando del calor, “la caló” por aquí, pero lo borré y empecé con el tiempo. Que pasa sin miedo. Porque no sé lo que digo. Y a ella, bien sabe que la temo.
“Todas las palabras son una utopía. Si yo fuera un gallo otro hombre cantaría.” Eso dice una canción que me encanta. Que no digo el título porque se asustaría. Y digo que otro hombre cantaría porque literalmente así lo hizo. Quién sabe si aún lo hace y… ahí tenemos el que, o no. Y digo que todas las palabras son una utopía porque leerme a mí se convierte en una odisea. Nada que ver con la intención suya de no hacerse entender en cada actualización. Que si adivino o especulo, que si las hipótesis que me surgen de sus palabras son ocasos de ingenio de mi penosa imaginación y relación de conceptos como luna, estrellas, viento y secretos en silencio. Los de la Gestalt saben que hablo y tú que no eres tonta, porque estás en mi lista. Y no sé aún en cuál. Porque si escucho el latir de la luna que siento más cerca que la tuya, la mía. No quiero saberlo. Mejor me quedo como estoy, como estamos… con tus letras y tu pañuelo morado. Y es que entre las líneas de su discurrir surgieron, una y otra vez, de diez en diez mis dudas y viendo la imagen volví a entender eso de que no hay amor que sea amor si no es con lunas.
Y se me da bien escribir, o al menos eso hago durante mi insólito discurrir. A veces, entendible o, como ella diría, evidente. Ella no lo quiso en su escrito. No lo imaginaba. No sabe de que hablo cuando la pienso. Mucho menos sabe que la pienso. No lo sabe aunque ahora pueda, que no quiera, saberlo o mejor creerlo porque nunca lo sabrá. Es un secreto. Confesable, a voces silenciosas tras el pulsar de teclas con la intención de mis letras. Sus letras. Que no lee ni piensa. Para que se las crea. Y aparecen en una ventana. Donde no llega el sol, si acaso la luna. Pero no lo sabe. Porque a ella la tengo en mi ventana como imagen. Para que no me olvide de con quien hablo cuando nunca la veo. Porque se hace quien cuando hablo de un que.
Callado. Misterioso. En la duda quizás temeroso. Aunque no le tengo miedo más que al que ella pudiera sentir. Porque la estimo más que miento. Y miento mucho. Más que escribo. Pero nunca se lo digo. No lo pienso aunque ahora lo escribo, no miento pero tampoco se lo digo.
Escondido. Reservado. Para ti. Un hueco en mi cabeza. Hueca. Como los secretos que no se cuentan porque son secretos. Secretos que cuelgan de una cuerda que espera que él tire. Y cuando lo haga lo sabrá. Y yo con ella. Me lo contará. Dejará de ser secreto. Inconfesable como (su) amor. Inexplicable, incoherente, contraproducente. Sin querer. Distantes, como yo. Como ella. Como los dos. Como su luna y el sol. Dijo algo del viento pero ya saben que las palabras…
Y empecé hablando del calor, “la caló” por aquí, pero lo borré y empecé con el tiempo. Que pasa sin miedo. Porque no sé lo que digo. Y a ella, bien sabe que la temo.
“Todas las palabras son una utopía. Si yo fuera un gallo otro hombre cantaría.” Eso dice una canción que me encanta. Que no digo el título porque se asustaría. Y digo que otro hombre cantaría porque literalmente así lo hizo. Quién sabe si aún lo hace y… ahí tenemos el que, o no. Y digo que todas las palabras son una utopía porque leerme a mí se convierte en una odisea. Nada que ver con la intención suya de no hacerse entender en cada actualización. Que si adivino o especulo, que si las hipótesis que me surgen de sus palabras son ocasos de ingenio de mi penosa imaginación y relación de conceptos como luna, estrellas, viento y secretos en silencio. Los de la Gestalt saben que hablo y tú que no eres tonta, porque estás en mi lista. Y no sé aún en cuál. Porque si escucho el latir de la luna que siento más cerca que la tuya, la mía. No quiero saberlo. Mejor me quedo como estoy, como estamos… con tus letras y tu pañuelo morado. Y es que entre las líneas de su discurrir surgieron, una y otra vez, de diez en diez mis dudas y viendo la imagen volví a entender eso de que no hay amor que sea amor si no es con lunas.
huellas encasilladas
Huella sobre huella,
Huellas sentidas
lunes, mayo 05, 2008
El cuento de un cuentista (un final)
Eran las 00:00 horas exactas cuando dejó en el suelo la bolsa de viaje que portaba. Se quedó mirando de frente el bus que lo llevaría hasta su destino. Coger un avión requería de mucho tiempo y de más dinero. Ir en tren dependía de ajustarse a unos horarios bastante limitados y/o de hacer trasbordo, lo cual no le convencía demasiado ya que perdería mucho tiempo en el camino y lo que el quería era estar lo antes posible junto a ella.
Se había creado una carpeta de música especialmente para este viaje. Todas canciones que había compartido en algún momento. Algo de Quique González, Luís Ramiro, lo último de Iván Ferreiro y ECdL… en un momento del viaje, en su mp3 se oía a Carlos Chaouen, pero su cabeza trastocaba la letra de la canción a su antojo.
- “De Huelva a Madrid sólo hay un cacho y desde ti hacía mí no salen barcos…” -canturreaba pensando en ella continuamente.
Había pasado un mes sin apenas saber de ella, y sin embargo sólo habían transcurrido escasas horas desde que leyó aquel mensaje vía messenger. Casi en las mismas horas estaría en Madrid, a su lado, ocupando su espacio y su vida, invadiendo su mente y su cuerpo.
Bajó del bus. Había recorrido seiscientos veintiocho coma cinco kilómetros en seis horas y cuarenta y siete minutos. Para él no era una gran distancia, no era tanto tiempo, pero el cansancio provocado por la incomodidad del bus y el estado de nerviosismo que habitada en su reloj interno fue suficiente para que le diera la sensación de sufrir de jet lag.
La inmensidad de Madrid, el vacío lleno del tráfico, la gente corriente en el metro, los ruidos, de arriba y de abajo… pero sobre todo, sus ojos le trastornaron demasiado. Hacía unas horas estaba sentado en la silla de su habitación eliminándose de las cadenas de correos electrónicos reenviados, leyendo historias, creando la suya propia y cambiando su rutina por un parpadeo anaranjado. En cambio ahora…
- ¿Metro o cercanías? -le dijo sonriendo-
- Me da igual. ¿qué es más divertido? -preguntó sabiendo que a partir de ahí empezaría la diversión-
- El bus. -contestó ella con la particular ironía que la caracterizaba-
- Pues cercanías que está más cerca. -dijo él queriendo seguir con las bromas-
Desde la misma estación de Méndez Álvaro accedieron al andén del cercanías que les llevaría a casa. En aquellas vías, casi sin darse cuenta, le vino al recuerdo el fatal suceso de aquel once de marzo. Sus bellos quedaron como escarpias, y más aún cuando ella le dijo que el mismo tren en el que estaban era el que venía de la estación de El Pozo aquel fatídico día. Ambos quedaron en silencio un largo rato.
Llegaron a su casa. Ático discreto en pleno centro de Madrid. Vistas al mar que le daban un no sé qué, que qué sé yo. No tenía, como yo ahora, palabras. Todo en aquel espacio estaba en lo que llaman un desorden ordenado. La cama arriba, el sofá abajo. Un pequeño escalón que dividía la caja de zapatos en dos. Escaleras automáticas propensas a caídas, personales y de fregona. La espaciosidad el baño se confundía con la timidez de la cocina. Allí los guisos se hacían bajo estricta referencia bibliográfica junto a un callejero gigantesco de Madrid, libros, propaganda de restaurantes, promociones de galerías de arte, revistas de moda que no incomodan, cds de artistas de renombre y otros jamás nombrados, vinilos despintados, posters doblados, bolsas con cajones y cajas apiladas con bolsas encajonadas. Cocer un huevo para hacerlo duro era tan difícil como encontrar algo concreto en las páginas amarillas sobre áticos de nieve en un desierto.
De esquina, donde se hace curva, una puerta se abría hacía el país de las maravillas. En perchas de madera colgaban sus vestidos y entre ellos, sus camisas perdidas.
- ¡Tus camisas entre mis vestidos! –exclamó con cara difusa por el espasmo y el desconcierto de sentir la más dura e inimaginable invasión de un espacio que siempre había compartido con su soledad, a solas, sin más-
Sí. Allí estaban sus camisas. Dejadas caer entre sus vestidos, confundiéndose. Su cepillo de dientes ya tenía un amigo. La bolsa de viaje vacía encontró un lugar para permanecer unos días y él, con todo su ser, literalmente se instaló casi sin querer.
Y aunque ninguno de los dos lo sabía, y ustedes aún no lo sepan, “siete de tres” son los días que perduró sin querer.
Y hubo días que pasaron como las prisas de una ciudad que marea. Había pasado más tiempo del esperado asomado, viendo el mar desde lo lejos. Caídas de estrellas fugaces que se fugaban cada noche cuando la luna les molestaba en la altura infinita y acogedora de su cama. Hubo mañanas que la veía llegar tras el cristal con el crujir de la puerta y la oía desvestirse deseando que entrara en el amanecer de sus noches sin luna, desnuda. Un beso repetido y una pasada de un palmo de vida por su cara le hacían sentir el más pobre y afortunado pez con alas, de esos que nadan en la inmensidad del océano pero ansían volar bañándose entre las nubes y claros del cielo.
Y es que lo tenía todo. Ella es una chica peculiar. Por eso le gustaba. En poco tiempo se dio cuenta de ciertas curiosidades, detalles que le atraían especialmente, aspectos de la vida de las personas que ni aunque te lo cuenten puedes imaginarlos. Le encantaba su manía de colocar bien sus braguitas por debajo de la minifalda. El detalle de sujetar el tapón del frasco de perfume de Calvin Klein a modo de dedal mientras lo tomaba con la mano izquierda para refrescarse antes de ir a dormir. Su particular obsesión de que siempre había alguien que la mira por la calle, que posa sus ojos en ella. El día que llegó sus ojos se posaron y quedaron cazados como un jilguero en una rama de liria.
Conocimiento. De eso se trató. Además, conocer nuevos sitios en Madrid. Tenía cientos de cosas que ver y que enseñarle. Delicadas quedadas. Comidas soleadas e infinitas miradas en plazas y bocas de metro semiabandonadas. Charlas absurdas que sólo codiciaban risas y más miradas. Pedir las cosas por favor y dar las gracias al camarero fuera del comedor. Una copa de vino, una cerveza fría, un aperitivo y otra comida, por favor. Se conocían. Confesiones tras el espejo de media rebanada de pan de ayer, café solo y agua sin vaso, por favor. Curiosidades. Preguntas y réplicas cuestionadas. Le atraía, le ponía que ella tuviera siempre dos respuestas en la mente. La que le deja a cuadros y la que le empuja contra la pared, le abofetea la mejilla y luego le besa dulcemente. Y sí.
Yo sé que los que han leído el cuento lo han pensado ya, lo están esperando.
Sí, hubo sexo. Antes del amor hay sexo. Y antes de mucho amor hubo mucho sexo. Destrozarse por dentro para acabar marcados por fuera. Los restos de las batallas guardados y hechos una bola con las sábanas, las secuelas de disparos ametrallados en la funda de su almohada, las heridas de caricias ahogadas en los sudores de velas consumidas en la palmatoria de su excitada morada. Inevitablemente, hubo mucho sexo.
Descubrimiento. Los abrazos entre la multitud expectante al cambio de color parecían eternos, pero no. Los semáforos no son eternos, tienen tiempos limitados para unos y otros. Regulaban el tráfico de esa ciudad y también regulaban, en ocasiones, las demostraciones de cariño que de ella despertaban. Los coches pasaban sin cesar, de un lado y otro. Así, por cada una de las avenidas madrileñas. Mientras, los peatones se preparaban para el cambio a verde. Unos manoseaban el móvil, otros escuchaban música en sus modernos mp4, otros aprovechaban la espera para abrir el libro por la misma página que lo había cerrado al salir del metro, ¿y ella?, ella le abrazaba… y algunos les miraban de reojo, con la envidia de no ser ellos los rodeados por unos brazos ajenos, en el borde de una acera, junto a un semáforo en rojo.
Pasaban los días y aquella noche se constató bajo un Cadillac celeste, con dos de la que dicen es probablemente la mejor cerveza del mundo y sobre una servilleta de papel de aquel café que justo entonces aquello “tuvo lugar”. Resultó que tuvo lugar. Y más tiempo del que esperaban. Sí, tuvo lugar. No salió nada como planearon, cada uno en su sitio, se cayeron mitos, rumores e ideas. O no.
Porque no había nada pactado, ni siquiera la relación calentón-polvo. Efectivamente, no hubo pactos. No se pactaron la media de polvos al día porque había días que se quedaban a medias. Como cada conversación, que no tenía fin y se quedaba suspendida en el aire, así los días. Días a medias, conversaciones sinfín...
¿era todo lo que debía tener lugar?
No, evidentemente no era todo, pero no podían exigir nada más, no debían exigirse nada más. No... Era mejor así. Tal vez. Nunca fue mejor así. Inevitablemente no sabrán cómo debió ser, nunca sabrán si "fue mejor así"... pero era lo que "había tenido lugar" y no hubo pactos... estaba en Madrid y él jamás pactaba sin el mar.
- Y ni siquiera cuando el mar está presente se atreve a decidirlo todo con una partida de ajedrez dónde sale el peón negro del rey. –le dijo ella apuntando de que siempre elije negras para el ajedrez-
- No me hables de ajedrez. Estás en jaque desde que deshice mi maleta y mis camisas colgaban junto a tus vestidos. -contestó como quien avanza con ambos caballos en dirección al flanco de dama.
- Desde que cerré la puerta de mi cuarto de baño y vi tu cepillo de dientes junto al mío. Desde entonces y mucho antes también. -movimiento de la dama negra-
- Mis camisas, mi cepillo de dientes, las copas en la nevera, que me quede bien tu gorro, que Lolita Versace quiera follarme... Y que no me eche gomina... Son sólo avances de mis peones. –un buen jugador de ajedrez sabe dominar la partida con los peones, ocupar el centro del tablero y comer al paso.
- Y para cuando llegue el jaque me habré aburrido de tanto ajedrez y desearé un parchís ("comernos una sola vez y contarlo veinte de lo bonito que nos aconteció") ¿Te acuerdas? -retrocede con su dama y busca las tablas ante un partida perdida-
- ... Me acuerdo, pero yo sólo juego al ajedrez. El que tira los dados es otro. ¿Te acuerdas? - por su cantada ahora la tenía en jaque y el mate estaba cantado-
- Eso va a ser, que tengo memoria de pez. -renunció a la partida
- Será... -checkmate-
Una tarde, él paseaba a solas por las calles del monopoli haciendo el obligado turismo monumental. Deambulaba por paseos sin árboles, se perdía en bulevares y sorteaba estaciones de metro sin rumbo fijo, sólo por acuchillar el tiempo. Larga caminata, infinita avenida poco avenida por lo que en breve le aconteció.
Caminaba por el callejero cubriendo del todo su rostro y su mirada al frente inútil de ver más allá de colores, líneas finas y arterias de vías de una ciudad sin descifrar. Andaba siguiendo los dibujos de las aceras, pendiente del ruido de coches y semáforos. Un auricular colgaba del cuello de su sudadera, también llegaba a oír la voz de Quique, le sonaba “a cara de perro”. Accidentado en un instante, el choque humano “tuvo lugar” junto a un banco bien avenido esta vez. Cayéndose el plano al suelo, él al banco y ella a sus pies. Los nervios del susto por el tropezón absurdo invadieron cada una de las calles de colores del callejero arrugado por la doblez en una docena de partes rectangulares. Tan recto el ángulo, tan llano se volvió. Coincidiendo las miradas. Los perdonas se alternaban. Lo siento se decían. Iba distraído. Y yo. Y yo. De veras que lo siento. No te preocupes. Sonreían.
- ¡Oye! Tú no eres de Madrid, ¿verdad? -le preguntó curiosa-
- Supongo que el mapa y mi acento me delataron, ¿no? -bromeó-
- Pues sí. -se rió sin apartar su mirada de sus ojos- Mi nombre es Johana. ¿De dónde eres?
- ¿Johana? –dijo embobado-
Hipnotizado por su rostro, aquellos labios pronunciados, su mirada inocente de ojos rasgados y profundos, su larga melena oscura brillante como el sol de aquella tarde y de un lado a otro de su mente, chocándose, sin querer, el nombre de Johana resonando en forma de canción…
- Ya tengo historia para el siguiente cuento.
Se había creado una carpeta de música especialmente para este viaje. Todas canciones que había compartido en algún momento. Algo de Quique González, Luís Ramiro, lo último de Iván Ferreiro y ECdL… en un momento del viaje, en su mp3 se oía a Carlos Chaouen, pero su cabeza trastocaba la letra de la canción a su antojo.
- “De Huelva a Madrid sólo hay un cacho y desde ti hacía mí no salen barcos…” -canturreaba pensando en ella continuamente.
Había pasado un mes sin apenas saber de ella, y sin embargo sólo habían transcurrido escasas horas desde que leyó aquel mensaje vía messenger. Casi en las mismas horas estaría en Madrid, a su lado, ocupando su espacio y su vida, invadiendo su mente y su cuerpo.
Bajó del bus. Había recorrido seiscientos veintiocho coma cinco kilómetros en seis horas y cuarenta y siete minutos. Para él no era una gran distancia, no era tanto tiempo, pero el cansancio provocado por la incomodidad del bus y el estado de nerviosismo que habitada en su reloj interno fue suficiente para que le diera la sensación de sufrir de jet lag.
La inmensidad de Madrid, el vacío lleno del tráfico, la gente corriente en el metro, los ruidos, de arriba y de abajo… pero sobre todo, sus ojos le trastornaron demasiado. Hacía unas horas estaba sentado en la silla de su habitación eliminándose de las cadenas de correos electrónicos reenviados, leyendo historias, creando la suya propia y cambiando su rutina por un parpadeo anaranjado. En cambio ahora…
- ¿Metro o cercanías? -le dijo sonriendo-
- Me da igual. ¿qué es más divertido? -preguntó sabiendo que a partir de ahí empezaría la diversión-
- El bus. -contestó ella con la particular ironía que la caracterizaba-
- Pues cercanías que está más cerca. -dijo él queriendo seguir con las bromas-
Desde la misma estación de Méndez Álvaro accedieron al andén del cercanías que les llevaría a casa. En aquellas vías, casi sin darse cuenta, le vino al recuerdo el fatal suceso de aquel once de marzo. Sus bellos quedaron como escarpias, y más aún cuando ella le dijo que el mismo tren en el que estaban era el que venía de la estación de El Pozo aquel fatídico día. Ambos quedaron en silencio un largo rato.
Llegaron a su casa. Ático discreto en pleno centro de Madrid. Vistas al mar que le daban un no sé qué, que qué sé yo. No tenía, como yo ahora, palabras. Todo en aquel espacio estaba en lo que llaman un desorden ordenado. La cama arriba, el sofá abajo. Un pequeño escalón que dividía la caja de zapatos en dos. Escaleras automáticas propensas a caídas, personales y de fregona. La espaciosidad el baño se confundía con la timidez de la cocina. Allí los guisos se hacían bajo estricta referencia bibliográfica junto a un callejero gigantesco de Madrid, libros, propaganda de restaurantes, promociones de galerías de arte, revistas de moda que no incomodan, cds de artistas de renombre y otros jamás nombrados, vinilos despintados, posters doblados, bolsas con cajones y cajas apiladas con bolsas encajonadas. Cocer un huevo para hacerlo duro era tan difícil como encontrar algo concreto en las páginas amarillas sobre áticos de nieve en un desierto.
De esquina, donde se hace curva, una puerta se abría hacía el país de las maravillas. En perchas de madera colgaban sus vestidos y entre ellos, sus camisas perdidas.
- ¡Tus camisas entre mis vestidos! –exclamó con cara difusa por el espasmo y el desconcierto de sentir la más dura e inimaginable invasión de un espacio que siempre había compartido con su soledad, a solas, sin más-
Sí. Allí estaban sus camisas. Dejadas caer entre sus vestidos, confundiéndose. Su cepillo de dientes ya tenía un amigo. La bolsa de viaje vacía encontró un lugar para permanecer unos días y él, con todo su ser, literalmente se instaló casi sin querer.
Y aunque ninguno de los dos lo sabía, y ustedes aún no lo sepan, “siete de tres” son los días que perduró sin querer.
Y hubo días que pasaron como las prisas de una ciudad que marea. Había pasado más tiempo del esperado asomado, viendo el mar desde lo lejos. Caídas de estrellas fugaces que se fugaban cada noche cuando la luna les molestaba en la altura infinita y acogedora de su cama. Hubo mañanas que la veía llegar tras el cristal con el crujir de la puerta y la oía desvestirse deseando que entrara en el amanecer de sus noches sin luna, desnuda. Un beso repetido y una pasada de un palmo de vida por su cara le hacían sentir el más pobre y afortunado pez con alas, de esos que nadan en la inmensidad del océano pero ansían volar bañándose entre las nubes y claros del cielo.
Y es que lo tenía todo. Ella es una chica peculiar. Por eso le gustaba. En poco tiempo se dio cuenta de ciertas curiosidades, detalles que le atraían especialmente, aspectos de la vida de las personas que ni aunque te lo cuenten puedes imaginarlos. Le encantaba su manía de colocar bien sus braguitas por debajo de la minifalda. El detalle de sujetar el tapón del frasco de perfume de Calvin Klein a modo de dedal mientras lo tomaba con la mano izquierda para refrescarse antes de ir a dormir. Su particular obsesión de que siempre había alguien que la mira por la calle, que posa sus ojos en ella. El día que llegó sus ojos se posaron y quedaron cazados como un jilguero en una rama de liria.
Conocimiento. De eso se trató. Además, conocer nuevos sitios en Madrid. Tenía cientos de cosas que ver y que enseñarle. Delicadas quedadas. Comidas soleadas e infinitas miradas en plazas y bocas de metro semiabandonadas. Charlas absurdas que sólo codiciaban risas y más miradas. Pedir las cosas por favor y dar las gracias al camarero fuera del comedor. Una copa de vino, una cerveza fría, un aperitivo y otra comida, por favor. Se conocían. Confesiones tras el espejo de media rebanada de pan de ayer, café solo y agua sin vaso, por favor. Curiosidades. Preguntas y réplicas cuestionadas. Le atraía, le ponía que ella tuviera siempre dos respuestas en la mente. La que le deja a cuadros y la que le empuja contra la pared, le abofetea la mejilla y luego le besa dulcemente. Y sí.
Yo sé que los que han leído el cuento lo han pensado ya, lo están esperando.
Sí, hubo sexo. Antes del amor hay sexo. Y antes de mucho amor hubo mucho sexo. Destrozarse por dentro para acabar marcados por fuera. Los restos de las batallas guardados y hechos una bola con las sábanas, las secuelas de disparos ametrallados en la funda de su almohada, las heridas de caricias ahogadas en los sudores de velas consumidas en la palmatoria de su excitada morada. Inevitablemente, hubo mucho sexo.
Descubrimiento. Los abrazos entre la multitud expectante al cambio de color parecían eternos, pero no. Los semáforos no son eternos, tienen tiempos limitados para unos y otros. Regulaban el tráfico de esa ciudad y también regulaban, en ocasiones, las demostraciones de cariño que de ella despertaban. Los coches pasaban sin cesar, de un lado y otro. Así, por cada una de las avenidas madrileñas. Mientras, los peatones se preparaban para el cambio a verde. Unos manoseaban el móvil, otros escuchaban música en sus modernos mp4, otros aprovechaban la espera para abrir el libro por la misma página que lo había cerrado al salir del metro, ¿y ella?, ella le abrazaba… y algunos les miraban de reojo, con la envidia de no ser ellos los rodeados por unos brazos ajenos, en el borde de una acera, junto a un semáforo en rojo.
Pasaban los días y aquella noche se constató bajo un Cadillac celeste, con dos de la que dicen es probablemente la mejor cerveza del mundo y sobre una servilleta de papel de aquel café que justo entonces aquello “tuvo lugar”. Resultó que tuvo lugar. Y más tiempo del que esperaban. Sí, tuvo lugar. No salió nada como planearon, cada uno en su sitio, se cayeron mitos, rumores e ideas. O no.
Porque no había nada pactado, ni siquiera la relación calentón-polvo. Efectivamente, no hubo pactos. No se pactaron la media de polvos al día porque había días que se quedaban a medias. Como cada conversación, que no tenía fin y se quedaba suspendida en el aire, así los días. Días a medias, conversaciones sinfín...
¿era todo lo que debía tener lugar?
No, evidentemente no era todo, pero no podían exigir nada más, no debían exigirse nada más. No... Era mejor así. Tal vez. Nunca fue mejor así. Inevitablemente no sabrán cómo debió ser, nunca sabrán si "fue mejor así"... pero era lo que "había tenido lugar" y no hubo pactos... estaba en Madrid y él jamás pactaba sin el mar.
- Y ni siquiera cuando el mar está presente se atreve a decidirlo todo con una partida de ajedrez dónde sale el peón negro del rey. –le dijo ella apuntando de que siempre elije negras para el ajedrez-
- No me hables de ajedrez. Estás en jaque desde que deshice mi maleta y mis camisas colgaban junto a tus vestidos. -contestó como quien avanza con ambos caballos en dirección al flanco de dama.
- Desde que cerré la puerta de mi cuarto de baño y vi tu cepillo de dientes junto al mío. Desde entonces y mucho antes también. -movimiento de la dama negra-
- Mis camisas, mi cepillo de dientes, las copas en la nevera, que me quede bien tu gorro, que Lolita Versace quiera follarme... Y que no me eche gomina... Son sólo avances de mis peones. –un buen jugador de ajedrez sabe dominar la partida con los peones, ocupar el centro del tablero y comer al paso.
- Y para cuando llegue el jaque me habré aburrido de tanto ajedrez y desearé un parchís ("comernos una sola vez y contarlo veinte de lo bonito que nos aconteció") ¿Te acuerdas? -retrocede con su dama y busca las tablas ante un partida perdida-
- ... Me acuerdo, pero yo sólo juego al ajedrez. El que tira los dados es otro. ¿Te acuerdas? - por su cantada ahora la tenía en jaque y el mate estaba cantado-
- Eso va a ser, que tengo memoria de pez. -renunció a la partida
- Será... -checkmate-
Una tarde, él paseaba a solas por las calles del monopoli haciendo el obligado turismo monumental. Deambulaba por paseos sin árboles, se perdía en bulevares y sorteaba estaciones de metro sin rumbo fijo, sólo por acuchillar el tiempo. Larga caminata, infinita avenida poco avenida por lo que en breve le aconteció.
Caminaba por el callejero cubriendo del todo su rostro y su mirada al frente inútil de ver más allá de colores, líneas finas y arterias de vías de una ciudad sin descifrar. Andaba siguiendo los dibujos de las aceras, pendiente del ruido de coches y semáforos. Un auricular colgaba del cuello de su sudadera, también llegaba a oír la voz de Quique, le sonaba “a cara de perro”. Accidentado en un instante, el choque humano “tuvo lugar” junto a un banco bien avenido esta vez. Cayéndose el plano al suelo, él al banco y ella a sus pies. Los nervios del susto por el tropezón absurdo invadieron cada una de las calles de colores del callejero arrugado por la doblez en una docena de partes rectangulares. Tan recto el ángulo, tan llano se volvió. Coincidiendo las miradas. Los perdonas se alternaban. Lo siento se decían. Iba distraído. Y yo. Y yo. De veras que lo siento. No te preocupes. Sonreían.
- ¡Oye! Tú no eres de Madrid, ¿verdad? -le preguntó curiosa-
- Supongo que el mapa y mi acento me delataron, ¿no? -bromeó-
- Pues sí. -se rió sin apartar su mirada de sus ojos- Mi nombre es Johana. ¿De dónde eres?
- ¿Johana? –dijo embobado-
Hipnotizado por su rostro, aquellos labios pronunciados, su mirada inocente de ojos rasgados y profundos, su larga melena oscura brillante como el sol de aquella tarde y de un lado a otro de su mente, chocándose, sin querer, el nombre de Johana resonando en forma de canción…
- Ya tengo historia para el siguiente cuento.
huellas encasilladas
Huella sobre huella,
Huellas profundas
sábado, abril 19, 2008
Sacado de contexto (fol. 3)
at full speed
Beodo y desvelado insulso que te escribe comentarios igualmente insípidos a media noche... que llega de regalar besos y abrazos etiquetados como una botella de Green Label... que ha conducido sin rumbo fijo at full speed, viendo bajar la aguja del carburante, escuchando la música que la recuerda y huyendo de la misma puta rutina de cada jueves, huyendo de los mismos putos bares que frecuenta y ahogando su memoria en otro whisky sólo, por favor... me lo pone sin salvavidas que hoy quiero olvidar su nombre...
esbozo ligeramente una sonrisa, no es por ella... me acuerdo de la última vez que me he subido los pantalones...
suena el móvil...
- ¿es ella?
- sí...
- toma otra chaval... ésta invita la casa...
Me pierdo en tus letras... me busco en las mías... y creo que así jamás hallaré "nada"
19 de octubre de 2007 2:57
cuerdo de atar
Compleja se vuelve aquella psicopatología con la que convivo cada día...
- ¿tú te diste cuenta?, nadie que yo sepa.
cosas que pasan...
- ¿Tú estás loco, no?
- Puede. Aunque yo no diría "loco" exactamente…
- Puede. Aunque yo no diría "loco" exactamente…
- Bueno, eres raro, ¿verdad?
- Sí... alguna vez me lo dijeron.
- Sí... alguna vez me lo dijeron.
- Pero, ¿necesitas terapia o qué?
- No sé... supongo, aunque puedo vivir sin ella.
- No sé... supongo, aunque puedo vivir sin ella.
- ¿Cómo puede ser eso?
- Siendo,... ¿no lo ves?ç
- Siendo,... ¿no lo ves?ç
(silencios, miradas, sonrisas…)
- Loco o raro... lo único que sé es que me gustas... y no entiendo cómo pudiste liarme así, pero me gusta, ¡joder!
- Tranquila. Si acabas enamorándote no te haré más daño que un cuerdo...
- Tranquila. Si acabas enamorándote no te haré más daño que un cuerdo...
hace tiempo alguien dijo:
"los chicos malos te mienten para meterse en tu cama; los chicos buenos te mienten para meterse en tu corazón"
yo aún me pregunto qué tipo de chico seré.
23 de enero de 2008 0:43
huellas encasilladas
Huella sobre huella,
Huellas descontextualizadas,
Huellas sentidas
lunes, abril 07, 2008
Siete de tres
Los sábados por la mañana preparas algún postre de chocolate. Yo exprimo un par de naranjas acusando una postura poco saludable. Cuando sales de la ducha, el vapor de agua me abofetea la cara, tomas un sorbo de ese zumo y me regañas por doblar la espalda innecesariamente.
Los martes (o los jueves) amanecemos siempre pasadas las 16h. Marcados por las sábanas, con la pesadez bombardeante de la noche anterior y sin oasis en la boca. Y es así, porque los lunes (o los miércoles) tomamos demasiada cerveza y danzas sobre la plataforma del mismo pub. Yo desde abajo te vigilo sin que ni siquiera te percates. Charlo con algún gay que me inunda en piropos. Otros me dedican miradas, sonrisas, y me gusta. Nunca mi barba de tres días resultó tan atractiva, nunca mis gafas azul eléctrico me dieron un toque tan interesante, nunca.
Los miércoles (o los jueves) que trabajas de noche son los días que disfrutas de Madrid, y yo de ti. Paseamos por la calles del monopoli y me vas indicando todo a cada paso. Dónde está el teatro La Latina, dónde puedo encontrar otro Wagaboo*, el Espejo Café donde desayunamos la mañana anterior, las boutiques más caras, Loewe, Ives Saint Laurent, Armani, Gucci... dónde puedo tomar té en un ambiente típico inglés, dónde están los mejores Starbukcs, dónde se ubica exactamente la Sala Clamores y dónde está la tienda del chino por si tengo que bajar a comprar cerveza.
Los días que trabajas de tarde, me arde la boca porque como solo en El Tigre, busco las llaves que no aparecen, me pierdo en el metro, escribo un absudo cuento, pienso en limpiar la caja de zapatos, deambulo por el Mercado de Fuencarral, leo a Coelho en un banco del Retiro junto a una paloma que cojea, y me distraigo a ratos observando a los niños jugar. Pienso en la cara que dices que se me pone. Y te imagino a ti con tu uniforme sin cofia sosteniendo casi con una mano sobre tu hombro a un prematuro, y se te cambia la cara, como a mí. Vuelvo una hora antes a casa y te espero, siempre una hora antes. Cuando llegas, dejas el correo y las promociones de galerías de arte de Chueca en la primera caja apilada. Te sientas a mi lado y me acaricias la mano, el pelo.
- ¿Estás cansada?, ¿tienes hambre?
- Pensé que te habías ido. Que ya no estabas.
- No, sigo aquí.
Y me besas.
Los martes (o los jueves) amanecemos siempre pasadas las 16h. Marcados por las sábanas, con la pesadez bombardeante de la noche anterior y sin oasis en la boca. Y es así, porque los lunes (o los miércoles) tomamos demasiada cerveza y danzas sobre la plataforma del mismo pub. Yo desde abajo te vigilo sin que ni siquiera te percates. Charlo con algún gay que me inunda en piropos. Otros me dedican miradas, sonrisas, y me gusta. Nunca mi barba de tres días resultó tan atractiva, nunca mis gafas azul eléctrico me dieron un toque tan interesante, nunca.
Los miércoles (o los jueves) que trabajas de noche son los días que disfrutas de Madrid, y yo de ti. Paseamos por la calles del monopoli y me vas indicando todo a cada paso. Dónde está el teatro La Latina, dónde puedo encontrar otro Wagaboo*, el Espejo Café donde desayunamos la mañana anterior, las boutiques más caras, Loewe, Ives Saint Laurent, Armani, Gucci... dónde puedo tomar té en un ambiente típico inglés, dónde están los mejores Starbukcs, dónde se ubica exactamente la Sala Clamores y dónde está la tienda del chino por si tengo que bajar a comprar cerveza.
Los días que trabajas de tarde, me arde la boca porque como solo en El Tigre, busco las llaves que no aparecen, me pierdo en el metro, escribo un absudo cuento, pienso en limpiar la caja de zapatos, deambulo por el Mercado de Fuencarral, leo a Coelho en un banco del Retiro junto a una paloma que cojea, y me distraigo a ratos observando a los niños jugar. Pienso en la cara que dices que se me pone. Y te imagino a ti con tu uniforme sin cofia sosteniendo casi con una mano sobre tu hombro a un prematuro, y se te cambia la cara, como a mí. Vuelvo una hora antes a casa y te espero, siempre una hora antes. Cuando llegas, dejas el correo y las promociones de galerías de arte de Chueca en la primera caja apilada. Te sientas a mi lado y me acaricias la mano, el pelo.
- ¿Estás cansada?, ¿tienes hambre?
- Pensé que te habías ido. Que ya no estabas.
- No, sigo aquí.
Y me besas.
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Huella sobre huella,
Huellas profundas
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